Puede sonar un poco sugestivo y hasta contradictorio el titular, sobre todo porque la ciudad es un concepto que a su vez condensa un conjunto de ideas acorde con el desarrollo de la república, la revolución industrial, y las relaciones típicas que caracterizan las sociedades urbanas. Las concentraciones urbanas ofrecen a las expresiones sociales el carácter de lo masivo, lo que contribuyo a la emergencia de novedosos canales de comunicación pública a través de los parques y retortas. La modulación de los espacios públicos clásicos, me refiero básicamente a los parques, casi sin excepción fue obra de la iglesia, visible por las construcciones imponentes y en un diseño de enclaves fortificados, previendo alzamientos no posibles de controlar, facilitando el papel de observador inquisitorial, y las ulteriores lapidaciones publicas justificadas por la violación de los principios morales.
La acción política tuvo en las ciudades su propia primavera, las grandes reuniones dieron de facto un lugar de participación de lo publico en las decisiones administrativas de la ciudad. En un periodo mas contemporáneo, las calles fueron escenario sobre las cuales se extendieron las actividades de la plaza, constituyendo un particular medio de comunicación, y persuasión e integración política a los pobladores, explicado por la emergencia de los movimientos sociales, y la constitución a través de las marchas, plantones y mítines, de la fuerza pública.
Este complejo e inusitado sistema de relaciones alumbro tanto el desarrollo del decálogo liberal, la condena a la esclavitud, y las ideas que hicieron posible la consolidación de los principios constitutivos de la justicia en contraste con la moral religiosa, lo que permitió no sólo sustraer la actividad monopolizada por la iglesia en la prescripción de los valores sociales, sino la constitución de una cultura laica, que perfilo la separación del poder religioso en la tarea de la decisión y deliberación de lo público, referenciado básicamente por las instituciones republicanas como la asamblea, o el congreso, básicamente facultado por los preceptos heredados de la revolución francesa, al tenor del principio de igualdad, y el racionalismo.
Paradójicamente el concepto a través del cual se desarrollan las ciudades, de facto realizadas por la acción social en las calles y plazas, hoy es tácitamente condenado. El escenario de lo publico, me refiero al actuar de las organizaciones sociales, las manifestaciones publicas que traducían los contrapesos al poder de las instituciones republicanas que posibilitaron la comunicación y los referentes de conciliación social pacífica, en la practica han sido desestructurados, y velados tras la consideración de observarlos como lo negativo para el adecuado desempeño del Estado, es decir para un gobierno que se concibe al margen y por encima de los ciudadanos, y que contrario de navegar en dirección de las convergencias sociales y la desactivación de la represión, prescribe su función social sumergiéndose en la doctrina de la seguridad pu-blica orientada al constante recorte de los derechos ciudadanos, imponiendo medidas exclusivas de participación y condenando otras de consuno históricas, garantes del desarrollo de principios civilistas, sobre los que descansa el mismo Estado de Derecho.
Y no es para menos, los
gobiernos hoy se encuentran en una situación particularmente diferente respecto de periodos pasados en donde la riqueza no sólo es visiblemente acumulada sino que riñe con cualquier principio republicano de justicia, es decir, las monarquías pese a contar con riquezas exuberantes, a su vez eran justificadas por la razón moral religiosa, que incluía el hecho de que la voz de Dios estaba depositada en los monarcas, en contraste la razón derivada del principio de igualdad entre todas las personas, origen del concepto moderno del desarrollo de las sociedades y países, y que por ello mismo termina por localizar la acción y expresión de lo público como algo eminentemente amenazante para un orden caracterizado por la inequidad.
Es así como mientras los escenarios de participación social que enmarcaron la era republicana obedecían a la idea de generar confianza y espacios adecuados para la reunión, hoy se diseñan basados en el paradigma de la seguridad, plazoletas descampadas, sin árboles, ni lugares cómodos de asiento para reuniones, ya mostrados como barreras al oficio del control publico, y torretas de observación desde las alturas a través de cámaras. Es decir el ambiente de confianza, que posibilitaba la re-unión entre personas es evidentemente violentado por arquitecturas y mecanismos de intimidación. La justificación de los altos niveles de delincuencia sirve como acicate para aplicar medidas generalizadas de control, es decir derribar la casa para atrapar el ratón, generalizando a su vez la persecución y la intimidación de las personas, lo que no obsta las justificaciones de lo magno del problema de seguridad empero que sin duda redunda en que se parte de que todos, o somos criminales, o debemos adecuarnos vivir en una ciudad diseñada a la medida de la persecución a los criminales, lo que constituye una nueva versión hobbesiana de sociedad, tal vez lo más cercano a lo que realmente sucede, y que responde al marchitamiento de las ideas republicanas. En síntesis, se sustituye el escenario de los espacios en los que el publico era el actor principal, a los nuevos diseños de grandes construcciones donde se les concede el oficio de espectadores.
Apenas es lógico que siendo una realidad la existencia de ciudades de cientos de miles de pobres, y descontado el oficio del Estado en la reducción de la pobreza, el paradigma de referencia proceda a ser la seguridad, exhibido por el aumento continuado del pie de fuerza militar, las cámaras de vigilancia, la seguridad privada, mientras países con niveles ponderados de desarrollo social han encontrado incluso innecesaria la existencia de un ejercito regular, o son relativamente pequeños, y las actividades de policía son en esencia particularizadas, donde las ciudades se diseñan en clave del desarrollo industrial, y los espacios públicos de manera cosmopolita, es decir el lugar del encuentro, del divertimento y la reflexión.
Los nuevos diseños arquitectónicos de las ciudades, se acompasan ya prematuramente de una orientación particular de los organismos encargados de garantizar la seguridad. El concepto fuerza publica tuvo en la revolución francesa uno de los escenarios mas determinantes en la historia de su constitución cuando en medio de la caída de la monarquía paralelamente se consolidaba a través del movimiento social que se emancipaba, sustituyendo las actividades y funciones de policía política que ejercía para tal entonces la armada real. El ejercito francés tuvo en la acción solidaria de la sociedad con la revolución el núcleo tras el cual se produjo la defensa de la republica a la agresión por parte de las monarquías en frontera que buscaban la reinstauración, y que tuvo como basamento ideológico político la troica que derivara en el concepto de pa-tria, libertad, igualdad, fraternidad. En síntesis, el ejercito, o la fuerza-pública, tiene origen en el oficio de salvaguardar los derechos magnos de la ciudadanía, incluyendo todas las formas de redistribución social y de las nuevas relaciones sociales que desde entonces emanaron. Como se observa, hoy los aparatos de seguridad del Estado, se destinan casi exclusivamente a perseguir criminales, omitiendo de facto su principio de principios.
La acción política tuvo en las ciudades su propia primavera, las grandes reuniones dieron de facto un lugar de participación de lo publico en las decisiones administrativas de la ciudad. En un periodo mas contemporáneo, las calles fueron escenario sobre las cuales se extendieron las actividades de la plaza, constituyendo un particular medio de comunicación, y persuasión e integración política a los pobladores, explicado por la emergencia de los movimientos sociales, y la constitución a través de las marchas, plantones y mítines, de la fuerza pública.
Este complejo e inusitado sistema de relaciones alumbro tanto el desarrollo del decálogo liberal, la condena a la esclavitud, y las ideas que hicieron posible la consolidación de los principios constitutivos de la justicia en contraste con la moral religiosa, lo que permitió no sólo sustraer la actividad monopolizada por la iglesia en la prescripción de los valores sociales, sino la constitución de una cultura laica, que perfilo la separación del poder religioso en la tarea de la decisión y deliberación de lo público, referenciado básicamente por las instituciones republicanas como la asamblea, o el congreso, básicamente facultado por los preceptos heredados de la revolución francesa, al tenor del principio de igualdad, y el racionalismo.
Paradójicamente el concepto a través del cual se desarrollan las ciudades, de facto realizadas por la acción social en las calles y plazas, hoy es tácitamente condenado. El escenario de lo publico, me refiero al actuar de las organizaciones sociales, las manifestaciones publicas que traducían los contrapesos al poder de las instituciones republicanas que posibilitaron la comunicación y los referentes de conciliación social pacífica, en la practica han sido desestructurados, y velados tras la consideración de observarlos como lo negativo para el adecuado desempeño del Estado, es decir para un gobierno que se concibe al margen y por encima de los ciudadanos, y que contrario de navegar en dirección de las convergencias sociales y la desactivación de la represión, prescribe su función social sumergiéndose en la doctrina de la seguridad pu-blica orientada al constante recorte de los derechos ciudadanos, imponiendo medidas exclusivas de participación y condenando otras de consuno históricas, garantes del desarrollo de principios civilistas, sobre los que descansa el mismo Estado de Derecho.
Y no es para menos, los
gobiernos hoy se encuentran en una situación particularmente diferente respecto de periodos pasados en donde la riqueza no sólo es visiblemente acumulada sino que riñe con cualquier principio republicano de justicia, es decir, las monarquías pese a contar con riquezas exuberantes, a su vez eran justificadas por la razón moral religiosa, que incluía el hecho de que la voz de Dios estaba depositada en los monarcas, en contraste la razón derivada del principio de igualdad entre todas las personas, origen del concepto moderno del desarrollo de las sociedades y países, y que por ello mismo termina por localizar la acción y expresión de lo público como algo eminentemente amenazante para un orden caracterizado por la inequidad.Es así como mientras los escenarios de participación social que enmarcaron la era republicana obedecían a la idea de generar confianza y espacios adecuados para la reunión, hoy se diseñan basados en el paradigma de la seguridad, plazoletas descampadas, sin árboles, ni lugares cómodos de asiento para reuniones, ya mostrados como barreras al oficio del control publico, y torretas de observación desde las alturas a través de cámaras. Es decir el ambiente de confianza, que posibilitaba la re-unión entre personas es evidentemente violentado por arquitecturas y mecanismos de intimidación. La justificación de los altos niveles de delincuencia sirve como acicate para aplicar medidas generalizadas de control, es decir derribar la casa para atrapar el ratón, generalizando a su vez la persecución y la intimidación de las personas, lo que no obsta las justificaciones de lo magno del problema de seguridad empero que sin duda redunda en que se parte de que todos, o somos criminales, o debemos adecuarnos vivir en una ciudad diseñada a la medida de la persecución a los criminales, lo que constituye una nueva versión hobbesiana de sociedad, tal vez lo más cercano a lo que realmente sucede, y que responde al marchitamiento de las ideas republicanas. En síntesis, se sustituye el escenario de los espacios en los que el publico era el actor principal, a los nuevos diseños de grandes construcciones donde se les concede el oficio de espectadores.
Apenas es lógico que siendo una realidad la existencia de ciudades de cientos de miles de pobres, y descontado el oficio del Estado en la reducción de la pobreza, el paradigma de referencia proceda a ser la seguridad, exhibido por el aumento continuado del pie de fuerza militar, las cámaras de vigilancia, la seguridad privada, mientras países con niveles ponderados de desarrollo social han encontrado incluso innecesaria la existencia de un ejercito regular, o son relativamente pequeños, y las actividades de policía son en esencia particularizadas, donde las ciudades se diseñan en clave del desarrollo industrial, y los espacios públicos de manera cosmopolita, es decir el lugar del encuentro, del divertimento y la reflexión.
Los nuevos diseños arquitectónicos de las ciudades, se acompasan ya prematuramente de una orientación particular de los organismos encargados de garantizar la seguridad. El concepto fuerza publica tuvo en la revolución francesa uno de los escenarios mas determinantes en la historia de su constitución cuando en medio de la caída de la monarquía paralelamente se consolidaba a través del movimiento social que se emancipaba, sustituyendo las actividades y funciones de policía política que ejercía para tal entonces la armada real. El ejercito francés tuvo en la acción solidaria de la sociedad con la revolución el núcleo tras el cual se produjo la defensa de la republica a la agresión por parte de las monarquías en frontera que buscaban la reinstauración, y que tuvo como basamento ideológico político la troica que derivara en el concepto de pa-tria, libertad, igualdad, fraternidad. En síntesis, el ejercito, o la fuerza-pública, tiene origen en el oficio de salvaguardar los derechos magnos de la ciudadanía, incluyendo todas las formas de redistribución social y de las nuevas relaciones sociales que desde entonces emanaron. Como se observa, hoy los aparatos de seguridad del Estado, se destinan casi exclusivamente a perseguir criminales, omitiendo de facto su principio de principios.