Hace poco hice una relectura de las informaciones económicas que circulaban a fines de los años noventas, del pasado siglo, cuando hubo una oleada de documentos que hablaban de la la polarización social que se presentaba, y que se confirmaba en datos.
Se informaba que el 20% de la población más rica del planeta absorbía el 82,7% de los ingresos mundiales, mientras el 20% más pobre accedía solo al 1,4% de los mismos, algo que explicaba como 50 conglomerados concentraban el 60% del PIB global.
Por entonces, el auge de los mercados bursátiles era la norma, y se interrogaba cuando este desequilibrio sistémico atacaría el dinamismo de la economía financiera, y luego entonces, los eslabones del consumo, la producción y el comercio global.
Entre tanto, era la época dorada de las fusiones empresariales y se reconocía que La participación porcentual de las 10 más importantes corporaciones en cada sector para 1997, era en telecomunicaciones 86%, pesticidas 85%, computadores 70% y medicina veterinaria 60%.
También era común encontrar en los matutinos, más que ahora, los informes sobre recortes en las industrias y sobre la flexibilización laboral, lo que se asimilaba con mayores ganancias de los tenedores de acciones bursátiles de las compañías, y lo que llevó a que el 80% de la población del planeta no tuviera protección social, como lo referenciaba Joaquín Estefanía, en su libro “La Globalización Mutilada”.
Hoy puede vislumbrarse que el déficit estructural del consumo a nivel mundial obligó a los grandes conglomerados a sobre aguar esta realidad trasladándose a países como China, y en la actualidad, considerando la dinamización de los países emergentes, y que cobra fuerza dada la crisis del dólar como moneda de reserva. El verdadero límite de la emisión de dólares, que no es más que la inestabilidad económica internacional que incuban las nuevas emisiones, es un eslabón determinante en este proceso.
Al parecer está en marcha una tendencia que va quitando espacio a la denominada “nueva economía” mientras se habla de la necesidad de incentivar el sector productivo y alentar el consumo de las clases medias.
Pero esto tendrá sus efectos. Se estima que en contadas décadas el mundo estará regido al menos por tres monedas diferentes, controvirtiendo la histórica hegemonía del dólar como moneda de reserva, sin embargo, queda una pregunta por resolver.
Sera posible que los actuales patrones de consumo, y como consecuencia el requerimiento ascendente de la explotación de recursos naturales permanecerá incólume. No parece, y es lo que vuelve necesario el que se comience a reflexionar sobre la transición que en estos niveles la humanidad tendrá que afrontar, so pena de que se abra la compuerta a una era de disputas y conflictividad global, más agresiva que la actual, por la obtención de materias primas y bienes naturales esenciales para la supervivencia humana.
Se informaba que el 20% de la población más rica del planeta absorbía el 82,7% de los ingresos mundiales, mientras el 20% más pobre accedía solo al 1,4% de los mismos, algo que explicaba como 50 conglomerados concentraban el 60% del PIB global.
Por entonces, el auge de los mercados bursátiles era la norma, y se interrogaba cuando este desequilibrio sistémico atacaría el dinamismo de la economía financiera, y luego entonces, los eslabones del consumo, la producción y el comercio global.
Entre tanto, era la época dorada de las fusiones empresariales y se reconocía que La participación porcentual de las 10 más importantes corporaciones en cada sector para 1997, era en telecomunicaciones 86%, pesticidas 85%, computadores 70% y medicina veterinaria 60%.
También era común encontrar en los matutinos, más que ahora, los informes sobre recortes en las industrias y sobre la flexibilización laboral, lo que se asimilaba con mayores ganancias de los tenedores de acciones bursátiles de las compañías, y lo que llevó a que el 80% de la población del planeta no tuviera protección social, como lo referenciaba Joaquín Estefanía, en su libro “La Globalización Mutilada”.
Hoy puede vislumbrarse que el déficit estructural del consumo a nivel mundial obligó a los grandes conglomerados a sobre aguar esta realidad trasladándose a países como China, y en la actualidad, considerando la dinamización de los países emergentes, y que cobra fuerza dada la crisis del dólar como moneda de reserva. El verdadero límite de la emisión de dólares, que no es más que la inestabilidad económica internacional que incuban las nuevas emisiones, es un eslabón determinante en este proceso.
Al parecer está en marcha una tendencia que va quitando espacio a la denominada “nueva economía” mientras se habla de la necesidad de incentivar el sector productivo y alentar el consumo de las clases medias.
Pero esto tendrá sus efectos. Se estima que en contadas décadas el mundo estará regido al menos por tres monedas diferentes, controvirtiendo la histórica hegemonía del dólar como moneda de reserva, sin embargo, queda una pregunta por resolver.
Sera posible que los actuales patrones de consumo, y como consecuencia el requerimiento ascendente de la explotación de recursos naturales permanecerá incólume. No parece, y es lo que vuelve necesario el que se comience a reflexionar sobre la transición que en estos niveles la humanidad tendrá que afrontar, so pena de que se abra la compuerta a una era de disputas y conflictividad global, más agresiva que la actual, por la obtención de materias primas y bienes naturales esenciales para la supervivencia humana.