La llegada del capitalismo corporativo en el segundo tercio del siglo XX hizo pensar que el colonialismo quedaría en los anaqueles de la historia de la humanidad. Y esto era posible, porque los procesos de acumulación económica que mostraron mayor eficacia estaban ligados al desarrollo industrial consecuente con los cada vez más avanzados procesos de tecnificación y automatización de los medios de producción, así como por la llegada de la globalización, la interconexión de los diferentes mercados en el mundo, y por las capacidades mostradas por el sector financiero.
Sin embargo, la sustitución de combustibles fósiles por otros, derivados de cultivos agrícolas, por un lado, ha impactado el mercado de alimentos en el mundo, y lo más importante, ha otorgado un nuevo rol a la posesión de la tierra que bien puede evolucionar en una nueva forma de colonialismo.
Los bueyes que tiran de esta política son los altos precios de combustibles y alimentos. Los protagonistas son Estados. Están aquellos que tienen problemas de suministros en especial de cereales, luego que sus países proveedores modificaron el uso de sus excedentes agrícolas, particularmente para producción de etanol(por e.j maíz) o biodiesel(por e.j Soya). También se incluyen aquellos que tienen restricciones en el acceso a combustibles fósiles, que con limitaciones de tierras fértiles y agua suficiente en su propio suelo, buscan en terceros países la adquisición directa o la concesión de las mismas para la producción de biocombustibles.
El sector privado es a su vez una bisagra en la búsqueda de estos objetivos. Las compañías de biotecnología, que en 2008 se encontraban en 25 países, entre los que se cuentan las potencias cerealeras EEUU, Brasil, Argentina, China y Canadá, están prestos a colocar a disposición de estos proyectos sus semillas mejoradas al igual que los agroquímicos y fertilizantes.
Existen a su vez consorcios que ponen a prueba la heterodoxia de sus actividades como Daewood Logistics y ZTE Internacional que con denodado apoyo de los Estados participan de esta expedición. Por su parte, el Fondo Monetario, el Banco Mundial y la FAO se han adelantado a confeccionar un grupo de regulaciones para este tipo de inversiones.
Los países que desde ya juegan sus primeras cartas son Japón, India, China, Arabia Saudita, Corea del Sur, Kuwait, Libia, Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, quienes controlan tierras en terceros países del orden de entre 15 a 20 millones de hectáreas.
Pero esto es apenas el asomo de lo que está por suceder. Se requiere enfrentar el agotamiento de los combustibles fósiles previsible en algunas décadas, según la Agencia Internacional de Energía.
Considérese el caso de Alemania, que para los cálculos de Greenpeace, si se sustituyera la gasolina o el diesel que se consume en la actualidad, habría que utilizar para este fin algo más que la totalidad de las tierras cultivables del país teuton.
De otro lado, hoy 43 países están sometidos a escases de agua entre los que se cuentan EEUU, México e Irán, un factor adicional que acentuará la lucha por el control del “oro azul” y la tierra fértil.